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Uncategorized Paul on 23 Aug 2007 01:19 pm

EL MIRADOR

Siempre quise tener un mirador en mi casa. Bueno quizá esté exagerando un poco y me conformaría con un pequeño balcón que adorne clásicamente la fachada de mi inmobiliario. Es que las vistas siempre me han traído mucha paz interior. Auparse sobre uno de estos accesorios de la casa es realmente placentero para quien les escribe. El sólo hecho de respirar el aire de la calle, ver pasar a la gente, escuchar el ambiental que surge de la mezcla de los autos transitando con sus bocinas y motores a punto sumados a los intercambios fonéticos ininteligibles de los peatones me crea un entorno por demás inspirador. Tampoco es que esté de acuerdo con holgazanear todo el día con la vista puesta en las afueras como si de un autista se tratara, salvo que alguien sea artista y encuentre en este discurrir de imágenes inspiración para sus obras. Y ni qué decir si uno vive en un inmobiliario que tenga una vista hacia alguna extensa área verde. El aire llegaría clarísimo hacia sus pulmones y su cerebro se oxigenaría de una forma maravillosa, vería los adorables juegos de los niños jugando a atraparse unos a otros, a las parejas enamorándose en las bancas y a las mascotas pastando libres por un área natural mientras nosotros seríamos los dioses observadores de estas maravillas. Quizá también podríamos ser un punto insignificante en la maravilla universal si es que nuestro inmobiliario presentase una vista al mar, ese coloso líquido que ocupa dos tercios de nuestro planeta, proporción que misteriosamente se repite en nuestras composiciones corporales y que la ciencia no ha sabido explicar. Ver los atardeceres anaranjados desde la privacidad de un balcón debe ser fabuloso. Yo por mi parte resido en una casa que me queda lejos incluso de la calle, es una casa muy acogedora que se abre paso hacia el centro de mi manzana y tiene ventanales altos, puedo mirar el cielo pero no la calle. Por esto siempre tuve la tendencia a dar largos paseos, muchas veces in sentido por las calles del vecindario parando en los parques y contemplando las escenas que allí se llevaban a cabo.

 

            Por otra parte siempre fui un amante del ruido del mar, del repiquetear de las olas rompiendo contra alguna formación rocosa por cortesía de la naturaleza. Confundirme con ese olor indescriptible, mezcla de brisa marina y aire puro y sentarme a orillas del mar a oír cantar gaviotas y ver revolotear algunos pelícanos preocupados en localizar distraídos peces. No siempre me ponía a ras de mar, algunas veces optaba por dar paseos por un malecón alto y de rato en rato observar el acantilado. Es en uno de estos paseos por la costa que me sucedió un hecho anecdótico. Iba acompañado de mi pareja que disfrutaba tanto o más que yo estos paseos al aire libre, libres de impuestos. El verano estaba en pleno y nos vestimos con ropa ligera, unos pantalones cortos y un polo por mi parte, ella llevaba unos jeans ligeros y un hermoso polo escotado. Salimos de la casa muy despreocupados y empezamos a caminar. Nos tomaría poco más de treinta minutos llegar al malecón, pero antes nos detuvimos a comprar unas cervezas en un supermercado. Afortunadamente un día de semana y pudimos hacer las compras rápido. Ya con las seis latas personales de cervezas reemprendimos la marcha, faltaría una hora aproximadamente para el ocaso.

 

            Y llegamos de la mano hasta el malecón, pudimos sentir con mayor claridad la brisa marina y los frenéticos trinos de las aves que ya se agolpaban sobre los árboles que adornaban el malecón. Casi todas las bancas del pequeño parque se encontraban ocupadas por parejas, sólo en una de ellas había espacio junto a un anciano que, jorobado, leía un libro con mucha atención. Definitivamente no íbamos a tener ninguna privacidad ninguno de los tres, si es que decidíamos “acompañarlo” así que simplemente decidimos pegarnos al muro que nos separaba del acantilado que conducía a la playa. Ahí juntos disfrutamos de la poca luz solar que quedaba, mientras veíamos que la gran bola naranja se asentaba sobre el horizonte. A veces yo quedaba de espaldas al inmenso océano permitiendo que mi pareja disfrutara del espectáculo y a veces ella me cedía el privilegio pero lo mejor era cuando la rodeaba con mis brazos y juntos compartíamos el magnánimo atardecer. Y en eso estábamos cuando la impertinencia tenía que interrumpir la escena.

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