Uncategorized Paul on 04 Jan 2008 11:35 am
CASA SOLA, SINÓNIMO DE JUEGOS
Uno siempre recuerda a sus amigos de infancia por dos razones principales. Una de ellas es por alguna anécdota muy singular que hayan protagonizado y la otra razón es por la casa en la que vivían. Pero si estas dos razones confluyen en la misma persona, tenemos una anécdota imborrable. Es así como en estos días recordé a Iván y lo hice porque después de mucho tiempo pasé por la que fuese su casa durante muchos años. No es que yo me hubiese mudado del vecindario, pero los tiempos han cambiado y ahora me movilizo en auto y generalmente hago uso de otras rutas. Sin embargo, el fin de semana paseaba en compañía de mi hijo y fue él quien me preguntó acerca de mis amigos de la infancia. Todo niño es curioso y no se contentó con algunas anécdotas y recordatorios de mis épocas sino que quiso conocer algunas de las casas donde su padre había jugado a la misma edad de él. Me pareció una buena oportunidad para visitar el inmueble de mi amigo aunque bien sabía que no lo iba a encontrar, pues Iván hacía más de diez años se había mudado a un apartamento en el doceavo piso de un edificio a pocas calles de nuestro vecindario. Sin embargo, la antigua casa seguía allí, casi igual, sólo que ahora ocupada por la feroz abuela que se resistía a abandonar este mundo. Con casi 90 años de edad, no daba signos de abatimiento o de haber girado el último codo para entrar a la recta final de su refunfuñona vida. En efecto, la abuela de Iván siempre se encargaba de aguarnos la fiesta poniendo punto final a nuestros juegos de niñez. No soportaba que pasáramos más de una hora dentro de su casa y era la única que deseaba fervientemente que nos fuéramos a jugar al parque que queda a unos metros de la casa. Evidentemente nuestros padres preferían que nos mantuviésemos dentro de la casa por razones de seguridad. A veces se podía y a veces no. En fin, creo que no debo adelantarme en la narración de los hechos. Volvamos a donde estábamos, cuando mi hijo me pidió que le mostrara algunas de las casas de mis antiguos amigos.
Tomando a mi hijo de la mano, emprendí la marcha hacia el túnel del tiempo, sólo tuvimos que avanzar unos 300 metros antes de divisar aquel jardín que tantos recuerdos me traía. Casi todo estaba igual que cuando lo deje, la hierba un tanto descuidada y unos cuantos geranios cubriendo el perímetro del mencionado jardín. Si uno miraba de frente la casa de Iván, tenía la casa propiamente dicha a la derecha con todo su frontis en ladrillo pintado en un tono rosáceo y los marcos de las ventanas sobresaliendo en tono blanco. El tercer piso si estaba pintado de un tono verdoso que hacía juego con el color del jardín. Las ventanas estaban unidas por una fina cornisa donde se solían posar aves silvestres en busca de restos de comida que Iván dejaba allí luego de comer sus galletas mirando a la calle. En más de una ocasión hacía esto sin intención, peor había ocasiones en que hasta plátanos eran dejados ex profeso para el consumo de las ves que sabiamente se agolpaban en busca de provisiones. Siguiendo con la descripción de la fachada de la casa de Iván, por izquierda terminaba el jardín y una estancia se distinguía de la casa, era la cochera, lo curioso era que no era ocupada por el auto de la familia sino por un iracundo perro de raza Dobermann llamado Hutch. La estancia en cuestión tenía agujeros en la arista lateral que daba hacia el jardín exterior, agujeros por donde apenas encajaba el hocico de Hutch que no paraba de ladrar y rugir cada vez que alguien se acercaba a tocar el timbre de Iván. El perro estaba bien encerrado pero había ocasiones en que de pronto se aparecía en medio de la sala ante la sorpresa general de los presentes –todos niños- que huíamos despavoridos encerrándonos en la biblioteca o en el baño. Ahora que lo pienso no creo que sea difícil adivinar quién soltaba a Hutch para deshacerse de nuestra presencia.
Hasta allí llegué con mi hijo y nos detuvimos un momento mientras le contaba las historias de Hutch y sus incursiones sorpresivas. Al escucharme atentamente, mi hijo se asustó y quiso retirarse de la zona del garaje, le expliqué que Hutch ya había muerto hacía algunos años y a modo de tranquilizarlo le contaba la historia de Candy. Esta era otra perrita de Iván, de raza German Shepperd y que era la cara contraria Hutch, de carácter muy dócil y amable, quería mucho a los niños y su nobleza era intachable, nos gustaba acariciarla y que esté con nosotros todo el tiempo y lo mejor del caso era que nos defendía cuando Hutch se “soltaba”. Era Candy la que se interponía inmediatamente y lo retaba, cubriendo de esta forma nuestra atropellada huída. Sentimos un gran vacío cuando ella enfermó y murió. La historia tranquilizó a mi hijo y sonrió divertido, se había olvidado de Hutch y antes de retirarnos, quise contarle otra historia muy divertida que nos había sucedido en casa de Iván. Antes de contarle la anécdota lo invité a tomar asiento en el murito que se encontraba a un costado del garaje y donde ya no había peligro alguno.
La historia tuvo lugar hacía ya más de veinte años, cómo pasa el tiempo. Sucedió que por esas fechas, nos reuníamos todos los sábados en la tarde en casa de Iván. Éramos un grupo de aproximadamente diez chicos y la gracia de esos años, era alquilar películas y verlas en el reproductor que Iván tenía. Recuerdo que en esa ocasión rentamos la película Halcón, protagonizada por Silvester Stallone. Ya habíamos visto el film en el cine pero nos gustó tanto que decidimos alquilarla a los pocos meses. Comprenderán que para unos chicos de diez u once años, una película en donde toda la trama se basa en una competencia de fuerza, hacía las delicias de nosotros. A esa edad, uno quiere ser el más fuerte del barrio, pero lo mejor vino a continuación de la película pues daba la casualidad que justamente cuando moría la tarde, sintonizábamos los programas de lucha libre que daban en la televisión. Era fabuloso ver esos gigantes luchando en un cuadrilátero. Nos impresionaba Hule Hogan o Randy Savage y por supuesto el temible André The Giant que tenía una mano del tamaño de una cocina promedio y la frente prominente como un cavernario. Aún Hule Hogan se veía pequeño a su lado aunque una vez lo cargó y lo azotó contra la lona, recuerdo que en ese programa nos pusimos de pie para celebrar la maniobra. Pero no quiero distraerme. Lo que les contaba –y a mi hijo- es que después de ver la lucha libre, recibimos la buena noticia de boca de Iván, que no había nadie más en casa. Ya se nos hacía raro que la abuela no hubiese protestado por nuestra prolongada presencia. Decidimos entonces jugar a la lucha libre, imitando a nuestros héroes televisivos.
No tuvimos mejor idea que ir al cuarto que compartían Iván y su hermana mayor, quien tampoco estaba, y juntar ambas camas para que sirvieran de cuadrilátero. Quien escribe, y sin mediar palabra, no pudiendo dominar su emoción, cogió a Iván y lo cargó en peso al estilo de un luchador profesional y se preparó para azotarlo contra una de las camas. Al hacerlo, quise hacer más espectacular la maniobra y yo me lancé junto con él para caer encima al mismo tiempo. La maniobra resultó vistosa y espectacular pero apenas tocamos el colchón, sentí que algo no andaba bien y la caída no fue muy amortiguada que digamos. Podemos decir que fue una caída en dos tiempos. Lo que había sucedido fue que una de las camas no soportó el peso de nuestros cuerpos que evidentemente y por física, se había multiplicado al caer desde cierta altura. Las dos patas delanteras de la cama cedieron y ésta se inclinó. Todos echaron a reír menos Iván. Estaba muy preocupado porque la cama que se había roto era la de su hermana y no tardaría en darse cuenta. Yo quedé mudo, sin saber qué decir o qué hacer. Esa misma noche, mis padres recibían una llamada desde la casa de Iván, eran sus padres y querían saber mi versión de los hechos y llegar a un acuerdo para resolver el problema. No recuerdo más, sólo que me castigaron.
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