Uncategorized Paul on 25 Jul 2007 06:56 am
A RODAR A RODAR MI VIDA
La previa a la vida universitaria es increíblemente recargada. El último año de la secundaria es vertiginoso por decir lo menos. Además de la currícula regular programada por el Ministerio de Educación para ese año ya nuestro cerebro es un hervidero debido al fantasma del examen de admisión a la universidad sin dejar de mencionar el hecho de que debes elegir la carrera profesional que vas a seguir entre voces y consejos disparejos que vienen de todas partes.
Lo de la escuela es un hecho, hay un horario establecido ya años atrás y con el que se tiene que cumplir independientemente del invierno o del grado de cansancio que uno sienta. Por otra parte nuestro enfoque debe estar a un tiempo también en la universidad. ¿Cómo conjugamos ambas cosas? ¿Nos alcanzará con los estudios escolares para superar la barrera de admisión de la universidad? La verdad es mejor no tomar riesgos. En mi caso decidí, mejor dicho, decidieron por mí, que lo mejor era matricularme en una academia especializada en preparación para el examen de admisión a la universidad. En su momento encajé bien la decisión, no supe ver lo que me esperaba, ni siquiera intuí el infierno que se cernía sobre mí y que terminaría por casi colapsar aquel año.
Afortunadamente esta maniobra tuvo lugar en la segunda mitad del año escolar en curso. De no haber sido por ese obsequio del destino otra hubiese sido la historia. Siempre me caractericé por definir rápido las cosas, es así que durante la primera mitad del año escolar pisaba el acelerador a fondo obteniendo altísimas calificaciones que dejaban sorprendidos a propios y extraños, pero algo se tejía detrás. Mi intención era “asegurar” el año escolar en su primera mitad para después mostrar una actitud relajada en lo que se restaba del año. Pudo haber sido una gracia, una estudiada travesura y hasta una maldad pero ese año si que sirvió y de mucho.
Así llegué al primer día de academia, relajado como un Perezoso sobre su rama. Las clases empezaban un par de horas después de la escuela lo que me dejaba tiempo para almorzar con tranquilidad y caminar hasta la academia. Entré con cierta incertidumbre pero con naturalidad ¿Qué podía pasar, que le aumentaran más números a una ecuación de segundo grado? La soberbia siempre juega malas pasadas, ahora lo sé. Y me fui a posicionar como de costumbre en la última fila echando la cabeza hacia atrás y cruzando las manos por detrás de la nuca, según yo iba a ser un día de campo. Uno a uno fueron llegando los que se convertirían en mis nuevos compañeros para lo que restaba del tiempo de preparación con miras al examen de admisión. A los dos minutos hacía su ingreso el profesor de turno. Esperé que se hiciera la clásica bienvenida con presentaciones personales incluidas pero, lejos de eso, el maestro atacó de frente y sin miramientos con un dibujo que se me antojó vanguardista, se trataba de un cubo ubicado en el espacio, es decir en tres dimensiones y que era “cortado” por una esfera. Se nos pidió hallar el área sombreada. ¿Qué? Apenas habíamos empezado a tocar la trigonometría en la escuela y de pronto ya estábamos ubicados espacialmente tratando de definir un área sombreada. Fue mi primer tropiezo de otros tantos que estarían por venir y no había transcurrido ni una hora desde que pisé mi nueva academia. Ni modo, a rodar. Barata no la iba a sacar, eso era seguro.
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