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Monthly ArchiveJanuary 2008



Uncategorized Paul on 07 Jan 2008

EL NIÑO Y SU ESPACIO EN LA CASA

Definitivamente el tema de la comodidad en una casa es muy subjetivo. Para algunos, esta palabra está relacionada directamente con el espacio del cual se disponga al interior del inmobiliario. Un claro ejemplo de esto son los niños. En efecto, he notado que a los más pequeños les gusta disfrutar de los grandes espacios, de un jardín interior más o menos holgado que les permita desarrollar a cabalidad sus juegos, juegos que implican mucho movimiento y desplazamiento a través de un determinado espacio que les brinde confort y seguridad al mismo tiempo. Aunque, para ser sinceros, los niños no se fijan demasiado en el tema de la seguridad, ellos son felices simplemente jugando libres y prueba de ello es la cara que ponen cuando los padres anuncian el fin del juego y el inicio de los deberes del hogar o de la escuela. Siempre piden unos minutos más de juego, difícilmente se sacian hasta que no caigan rendidos, lo cual es muy difícil por la gran vitalidad de la mayoría de ellos. Pero hay otro punto que concierne al niño y el espacio de su propio inmueble y es que el niño se adapta a lo que le ofrecen. En efecto, hay niños que vienen al mundo y son integrantes de una familia que vive en un pequeño apartamento. No disponen de un jardín propio y deben jugar los juegos mayores en el parque del vecindario, sin embargo, son absolutamente felices. Es más, me atrevería a decir que ni siquiera valoran su inmueble, simplemente viven en este. El asunto radica en la ronda de comparaciones, cuando llega el momento en que reciben la invitación de uno de sus amigos y les toca visitar una casa de mayores dimensiones que la propia.

Cuando este día llega, esa misma tarde o noche o, al día siguiente, recibimos una descripción detallada del inmueble del amigo de nuestro hijo. En efecto, los niños tienen una memoria fotográfica increíble y nos detallan lo que vieron en su visita. En mi caso me tocó recibir esta información de boca de una de las hijas menores de mi pareja. La niña en cuestión, de apenas siete años de edad, nos contó en la mesa la casa de ensueño que había visitado el fin de semana en lo que fue una invitación de niña a niña. Debo decir primero que mi pareja vive en un pequeño apartamento de apenas dos dormitorios en los que uno de ellos es ocupado por ella y el otro por la niña. Además de esto, la sala es bastante reducida y prácticamente está conectada con el comedor en un solo ambiente. Una pequeña puerta conecta con la cocina y con el cuarto de servicio. Evidentemente el espacio de los dormitorios también es reducido y la niña cuenta con un pequeño espacio para jugar. Su cuarto está repleto de juguetes que se hacinan como pueden en diversos muebles y aparadores que hacen sombra a la cama de la niña. Con este punto de referencia fue que mi pareja y yo recibimos la detallada descripción de la hija de ella. Para empezar, nos dijo que el inmueble que le tocó visitar, no era un apartamento sino una casa bien definida, a juzgar por la descripción que nos dio de los interiores, diría que se trataba de un lujosos chalet, pues lo primero que identificó fue un jardín en la entrada con flores de todo tipo en su perímetro y un gigantesco ventanal que anunciaba lo que venía tras este.

La niña nos refirió que al ingresar, sintió como si estuviese entrando a un castillo moderno. El techo era bastante alto y había muchos muebles apostados sobre coloridas y nutridas alfombras. Un gran piano apareció en medio de la sala junto a una chimenea hecha de ladrillo barnizado. Por dentro, otro enorme jardín se abría paso sobre el fondo de la casa, antes de desembocar en un patio destinado al juego. En dicho patio, había un tablero para practicar el basketball además de otra casa, la casa del pastor alemán de la familia. El segundo piso de la casa fue descrito como el lugar más acogedor del mundo ya que la “dueña” de casa, tenía dos cuartos, uno de ellos destinado a su reposo y el otro utilizado exclusivamente como cuarto de juegos. En el cuarto de juegos, tenía un ordenador propio además de televisor, reproductor de DVD y consola de juegos. Los juguetes clásicos eran un tema aparte y la habitación en cuestión era tan espaciosa que podía albergar hasta dos casas de muñecas en tamaño natural. Los peluches estaban a la orden del día y se podían contar por docenas. La descripción de la hija de mi pareja fue mucho más detallada pero por motivos de espacio no la puedo recrear tan detalladamente, pero mi intención era hacer notar como cada niño busca ser feliz, independientemente del espacio que le haya tocado para desarrollarse.

Uncategorized Paul on 04 Jan 2008

CASA SOLA, SINÓNIMO DE JUEGOS

Uno siempre recuerda a sus amigos de infancia por dos razones principales. Una de ellas es por alguna anécdota muy singular que hayan protagonizado y la otra razón es por la casa en la que vivían. Pero si estas dos razones confluyen en la misma persona, tenemos una anécdota imborrable. Es así como en estos días recordé a Iván y lo hice porque después de mucho tiempo pasé por la que fuese su casa durante muchos años. No es que yo me hubiese mudado del vecindario, pero los tiempos han cambiado y ahora me movilizo en auto y generalmente hago uso de otras rutas. Sin embargo, el fin de semana paseaba en compañía de mi hijo y fue él quien me preguntó acerca de mis amigos de la infancia. Todo niño es curioso y no se contentó con algunas anécdotas y recordatorios de mis épocas sino que quiso conocer algunas de las casas donde su padre había jugado a la misma edad de él. Me pareció una buena oportunidad para visitar el inmueble de mi amigo aunque bien sabía que no lo iba a encontrar, pues Iván hacía más de diez años se había mudado a un apartamento en el doceavo piso de un edificio a pocas calles de nuestro vecindario. Sin embargo, la antigua casa seguía allí, casi igual, sólo que ahora ocupada por la feroz abuela que se resistía a abandonar este mundo. Con casi 90 años de edad, no daba signos de abatimiento o de haber girado el último codo para entrar a la recta final de su refunfuñona vida. En efecto, la abuela de Iván siempre se encargaba de aguarnos la fiesta poniendo punto final a nuestros juegos de niñez. No soportaba que pasáramos más de una hora dentro de su casa y era la única que deseaba fervientemente que nos fuéramos a jugar al parque que queda a unos metros de la casa. Evidentemente nuestros padres preferían que nos mantuviésemos dentro de la casa por razones de seguridad. A veces se podía y a veces no. En fin, creo que no debo adelantarme en la narración de los hechos. Volvamos a donde estábamos, cuando mi hijo me pidió que le mostrara algunas de las casas de mis antiguos amigos.

Tomando a mi hijo de la mano, emprendí la marcha hacia el túnel del tiempo, sólo tuvimos que avanzar unos 300 metros antes de divisar aquel jardín que tantos recuerdos me traía. Casi todo estaba igual que cuando lo deje, la hierba un tanto descuidada y unos cuantos geranios cubriendo el perímetro del mencionado jardín. Si uno miraba de frente la casa de Iván, tenía la casa propiamente dicha a la derecha con todo su frontis en ladrillo pintado en un tono rosáceo y los marcos de las ventanas sobresaliendo en tono blanco. El tercer piso si estaba pintado de un tono verdoso que hacía juego con el color del jardín. Las ventanas estaban unidas por una fina cornisa donde se solían posar aves silvestres en busca de restos de comida que Iván dejaba allí luego de comer sus galletas mirando a la calle. En más de una ocasión hacía esto sin intención, peor había ocasiones en que hasta plátanos eran dejados ex profeso para el consumo de las ves que sabiamente se agolpaban en busca de provisiones. Siguiendo con la descripción de la fachada de la casa de Iván, por izquierda terminaba el jardín y una estancia se distinguía de la casa, era la cochera, lo curioso era que no era ocupada por el auto de la familia sino por un iracundo perro de raza Dobermann llamado Hutch. La estancia en cuestión tenía agujeros en la arista lateral que daba hacia el jardín exterior, agujeros por donde apenas encajaba el hocico de Hutch que no paraba de ladrar y rugir cada vez que alguien se acercaba a tocar el timbre de Iván. El perro estaba bien encerrado pero había ocasiones en que de pronto se aparecía en medio de la sala ante la sorpresa general de los presentes –todos niños- que huíamos despavoridos encerrándonos en la biblioteca o en el baño. Ahora que lo pienso no creo que sea difícil adivinar quién soltaba a Hutch para deshacerse de nuestra presencia.

Hasta allí llegué con mi hijo y nos detuvimos un momento mientras le contaba las historias de Hutch y sus incursiones sorpresivas. Al escucharme atentamente, mi hijo se asustó y quiso retirarse de la zona del garaje, le expliqué que Hutch ya había muerto hacía algunos años y a modo de tranquilizarlo le contaba la historia de Candy. Esta era otra perrita de Iván, de raza German Shepperd y que era la cara contraria Hutch, de carácter muy dócil y amable, quería mucho a los niños y su nobleza era intachable, nos gustaba acariciarla y que esté con nosotros todo el tiempo y lo mejor del caso era que nos defendía cuando Hutch se “soltaba”. Era Candy la que se interponía inmediatamente y lo retaba, cubriendo de esta forma nuestra atropellada huída. Sentimos un gran vacío cuando ella enfermó y murió. La historia tranquilizó a mi hijo y sonrió divertido, se había olvidado de Hutch y antes de retirarnos, quise contarle otra historia muy divertida que nos había sucedido en casa de Iván. Antes de contarle la anécdota lo invité a tomar asiento en el murito que se encontraba a un costado del garaje y donde ya no había peligro alguno.

La historia tuvo lugar hacía ya más de veinte años, cómo pasa el tiempo. Sucedió que por esas fechas, nos reuníamos todos los sábados en la tarde en casa de Iván. Éramos un grupo de aproximadamente diez chicos y la gracia de esos años, era alquilar películas y verlas en el reproductor que Iván tenía. Recuerdo que en esa ocasión rentamos la película Halcón, protagonizada por Silvester Stallone. Ya habíamos visto el film en el cine pero nos gustó tanto que decidimos alquilarla a los pocos meses. Comprenderán que para unos chicos de diez u once años, una película en donde toda la trama se basa en una competencia de fuerza, hacía las delicias de nosotros. A esa edad, uno quiere ser el más fuerte del barrio, pero lo mejor vino a continuación de la película pues daba la casualidad que justamente cuando moría la tarde, sintonizábamos los programas de lucha libre que daban en la televisión. Era fabuloso ver esos gigantes luchando en un cuadrilátero. Nos impresionaba Hule Hogan o Randy Savage y por supuesto el temible André The Giant que tenía una mano del tamaño de una cocina promedio y la frente prominente como un cavernario. Aún Hule Hogan se veía pequeño a su lado aunque una vez lo cargó y lo azotó contra la lona, recuerdo que en ese programa nos pusimos de pie para celebrar la maniobra. Pero no quiero distraerme. Lo que les contaba –y a mi hijo- es que después de ver la lucha libre, recibimos la buena noticia de boca de Iván, que no había nadie más en casa. Ya se nos hacía raro que la abuela no hubiese protestado por nuestra prolongada presencia. Decidimos entonces jugar a la lucha libre, imitando a nuestros héroes televisivos.

No tuvimos mejor idea que ir al cuarto que compartían Iván y su hermana mayor, quien tampoco estaba, y juntar ambas camas para que sirvieran de cuadrilátero. Quien escribe, y sin mediar palabra, no pudiendo dominar su emoción, cogió a Iván y lo cargó en peso al estilo de un luchador profesional y se preparó para azotarlo contra una de las camas. Al hacerlo, quise hacer más espectacular la maniobra y yo me lancé junto con él para caer encima al mismo tiempo. La maniobra resultó vistosa y espectacular pero apenas tocamos el colchón, sentí que algo no andaba bien y la caída no fue muy amortiguada que digamos. Podemos decir que fue una caída en dos tiempos. Lo que había sucedido fue que una de las camas no soportó el peso de nuestros cuerpos que evidentemente y por física, se había multiplicado al caer desde cierta altura. Las dos patas delanteras de la cama cedieron y ésta se inclinó. Todos echaron a reír menos Iván. Estaba muy preocupado porque la cama que se había roto era la de su hermana y no tardaría en darse cuenta. Yo quedé mudo, sin saber qué decir o qué hacer. Esa misma noche, mis padres recibían una llamada desde la casa de Iván, eran sus padres y querían saber mi versión de los hechos y llegar a un acuerdo para resolver el problema. No recuerdo más, sólo que me castigaron.

Uncategorized Paul on 04 Jan 2008

Problemas con la casa nueva

Cuando mi primo César compró la casa de sus sueños no imaginó lo poco que ese sueño le duraría. Fui a visitarlo  apenas empezó la mudanza y realmente la casa se veía hermosa, era una de dos  pisos, bastante grande y con espacios amplios y provistos de mucha luz. Ventanales también amplios inundaban la parte trasera de la casa y daban un acceso transparente al patio provisto de una piscina y de mucho campo para que mis sobrinos corran.

 

La casa estaba ubicada en un barrio residencial, con largas calles y pocas casas por calle, con poca gente  que ande por los alrededores, poco ruido y casi nada de tráfico. Era el barrio soñado y la casa más hermosa  de ese barrio. Parecía, porque con el pasar de los días la casa comenzaría a desnudar todas esas falencias que no se encuentran señaladas en el contrato de compra ni mucho menos en el folleto de venta  entregado sonrientemente por el agente inmobiliario.

 

La casa  tenía dos pisos y según cuenta mi primo César,  la inmobiliaria le había dicho que la casa no era nueva, pero que había sido reacondicionada totalmente, no tenía problemas de humedad ni de suelo y gritas. Estaba en perfectas condiciones. Cosa que a primera vista parecía, pero luego, una vez terminada la mudanza y puesto todo en su lugar, los días iban a ir encargándose de  mostrar las falencias.

 

El primero de los problemas se inició con las filtraciones. La primera señal la dio el extraño olor que pronuncian las cosas guardadas y que provenía del sótano, a pesar de que el sótano estaba totalmente vacío y pintado totalmente, tenia esa imagen que  dan las cosas nuevas, aun así a las semanas un olor  raro y  fuerte comenzó a contagiar el ambiente, mi primo Cesar pensó al inicio que el olor provenía de algún roedor muerto, pero luego ese olor indeseable se vio acompañado  de pequeños grumos de moho en las partes mas alejadas de la luz en las paredes, debajo de la escalera y en la pared puesta al baño de visita, la idea de filtraciones de agua empezó a rondar por la cabeza.

 

El moho  venia  acompañado en los días siguientes por unas machas de humedad en las paredes del sótano y en las paredes colindantes al baño de la cochera, con el tiempo la humedad se filtraría tanto que la capa de pintura empezaría a desglosarse como papel. Mi primo se comunicó de inmediato con el agente inmobiliario, quien se apersonó para   supervisar los defectos  avisados por Cesar.

 

No dio muchas explicaciones más que hacerse cargo de las reparaciones. Al parecer las tuberías de agua y desagüe de la casa habían estado demasiado gastados y habían generado  filtraciones por todos los recorridos, esto había generado la humedad, el moho y los malos olores, generando así unos molestos dos meses posteriores, tiempo que duró la reparación de las tuberías y que convirtió la casa de los sueños en un  molesto y atolondrado lugar lleno de paredes y pisos rotos.